Hoy día ya no se dan esos lugares donde descansar la vista; en cambio, miramos cajas de rayos catódicos, que no se desgastan. Como resultado, morimos y mueren con nosotros los recuerdos, sin dejar mella alguna en el mundo que queda.
Hola David, quería contarte que ayer terminé La península de las casas vacías. Un libro muy bien escrito, con un vocabulario riquísimo, una historia muy bien armada, con una narración fluída, pero quiero decirte es que estoy muy triste. Es un libro que precisa un duelo, no puedo dejar esta historia de la noche a la mañana y abandonar a unos personajes que están huérfanos. Es un problema que tengo, me cuesta devolver a la estantería el libro que me ha estado acompañando tardes y noches, y cuando la historia es tan intensa me duele cerrar el libro.
A la hora de leerlo he ido atravesando diferentes estados. Como son capítulos muy cortos, la lectura es ágil y vuelas. Me vi avanzando veloz y cuando iba por la página 200, más o menos, empecé a desconectar. Me parecía demasido rápido todo, personajes uno tras otro, sin posibilidad de sentir afecto por ninguno en concreto. Se sucedían hechos, llegaban datos. Empecé a pensar que a lo mejor tenía tantas expectativas en el libro, que tenía muchas ganas de leerlo y quizás no conectaba yo con la historia. Barajé la posibilidad de abandonar. No lo hice.
Lo entendí después. La idea era poner el contexto y crear el clima de incertidumbre ante lo que se avecinaba (las acelgas). Y lo lograste. De repente todo empezó a encajar. Los personajes centrales iban ocupando su lugar en la historia. Se armaba una arquitectura que daba forma a La Península, al tiempo que la atravesaba.
Y me he quedado para acompañar hasta el final a Odisto, José, Pablo (Pablito, Paulo), Mariangeles…
Aviso spoiler, aunque tú ya lo haces en el prólogo
Aquella noche murió la última persona que podría haber dejado en herencia el apellido de Odisto […] cuya familia pasó de contar con una cuarentena de miembros en 1936 a desaparecer apenas tres años después.

