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Carta a ti, pobre hombre discriminado

El Centro de investigaciones Sociológicas (CIS) ha realizado una encuesta sobre la percepción de la igualdad en nuestro país. Es curioso que mientras el CIS resaltaba los resultados de su última encuesta con: «Las mujeres dedican el doble de tiempo al cuidado de los hijos que los hombres», (casi 7 horas de media al día, 412 minutos, al cuidado de los hijxs que ellos) cosa que ya sabemos todas y que ignoran casi todos, los medios de este país se han centrado en ese 44´1% de hombres que dicen sentirse discriminados porque la promoción de la igualdad de las mujeres se ha llevado muy lejos…

Pero ya lo que me ha dejado ojiplática son mis congéneres femeninas. Un 32´5% de las encuestadas, dice sentir lo mismo, que estamos discriminando a los señores. Un 32´5 es una de cada tres mujeres. O sea que alguna de las mujeres que me circundan, piensan que mis pensamientos y acciones feministas son discriminatorias. No sé en qué planeta habitan, pero en el mío no.

Recientemente en un plató de la tele pública mi adorada Carmen Maura, dijo que los chicos nos están tomando manía con este feminismo de ahora (ya lo dijo nuestro presidente también, con la incomodidad de algunos amigos suyos) y mencionó las denuncias falsas (a pesar de que ya sabemos de manera oficial que  las denuncias falsas por violencia de género representan el 0,01% del total de denuncias presentadas). No deja de ser una pena, teniendo en cuenta las experiencias vividas por ella. La actriz hizo público que fue agredida sexualmente por un fan (hombre) y que no la creyeron por ser actriz, yo creo que más bien por ser mujer. Su primer ex-marido (hombre) le quitó la custodia de sus dos hijos y no le permitía verlos. Su segundo ex-marido (hombre) la dejó en la ruina…. Aun así, con su experiencia vital, ella dice a las chicas que no nos portemos mal con los chicos.

Cuando algunas mujeres hablamos sobre los que nos pasa a nosotras o lo que les pasa a las mujeres que nos rodean, nos sentimos obligadas a denunciar las desigualdades que sufrimos, que vemos que sufren otras, nos sentimos obligadas a ponernos a su lado, nos sentimos obligadas a tomarlas de la mano y decirles cuenta conmigo hermana… Esto es SORORIDAD.

Y estimados señoros, no me voy a sentir avergonzada por levantar el puño cada vez que se dé una injusticia, ni voy a dejar de gritar o enarbolar banderas para pedir libertad, o para llorar a mis muertas, porque son mis muertas. El primer asesinato de este año se ha producido en esta provincia, en Málaga, en Torre del Mar. Ana, hermana, aquí seguiremos en la lucha por ti y por todas. Leer más

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Ruido

Una de las cosas que me he llevado de Netflix este 2023 ha sido ver Ruido, una película sobre los feminicidios en México dirigida por la cineasta Natalia Beristáin (Los adioses, No quiero dormir sola, La habitación…).

Un film dramático sobre una madre, Julia (fantástica la interpretación de Julieta Egurrola), que busca a su hija desaparecida. Basada en hechos reales de muchas búsquedas, de muchas desapariciones. Ger, que así es como se llama la hija de la protagonista, es un símbolo para hablar de desaparecidas y desaparecidos.

Inspirada en la lucha por los derechos de las mujeres, narra sin adornos, sin afectación, los atropellos que sufren esas madres/hermanas/hijas que buscan a a sus seres queridos mientras hablan y tejen, mientras tejen y hablan con otras mujeres como ellas. Olvidadas por la justicia, sufriendo violencia institucional. LA IMPUNIDAD.
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Que levante la mano

Que levante la mano la que no se haya sentido incómoda andando por la calle ante la mirada «atenta» de algún viandante; la que no se haya sentido incómoda ante las «alabanzas» y «apreciaciones varias», con mejor o peor gusto, acerca de sus atributos físicos. Que levante la mano la que
no haya tenido miedo andando sola por algunos sitios o a algunas horas cuando se cruzaba en su camino un grupo de hombres. Que levante la mano la que estando con un jefe, un profesor… no haya sentido que las cosas cambiarían (un aprobado, una mejora…) si su actitud fuera distinta;
también que la levante la que no haya sentido una exploración, más o menos minuciosa, mientras estaba tranquilamente en el autobús u otro transporte público. O la que no se haya sentido manoseada de manera figurativa por compañeros de trabajo o de clase mientras hablaban con ellas. Que levante la mano la que no se hay sentido sometida alguna vez al juicio público de los presentes en ese instante, por su aspecto físico (tamaño, belleza, aspecto…). Que levante la mano la que esté HARTA YA.

Que levanten el puño las que salen a la calle a gritar contra los feminicidios, las que se rebelan contra la desigualdad salarial, las que se indignan con la mercantilización del cuerpo de la mujer, las que quieren que sean las mujeres las que decidan en su cuerpo, las que se enfadan al leer los índices de pobreza y precariedad (siempre con cara de mujer), las que claman contra las incursiones en política desde los púlpitos de los hombres vestidos con hábito, las que lloran de rabia cuando leen las barbaridades que se hacen en algunos sitios del mundo por el mero hecho de ser mujeres (bien en el nombre de Alá, de cualquier otro dios, del dios de la guerra o dios del dinero), las que luchan por que nuestras hijas no tengan miedo NUNCA…

Y a pesar de todo esto, encima, no debo estar cansada de andar todo el día explicándome, justificando mis actos; dándole peso a mis acciones. Cuando me defino como feminista: que me quejo de puro vicio, las cosas han cambiado…. Qué quieres ahora? Hablar de feminismo ya no procede? Procedió alguna vez?

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La próxima vez lo haremos mejor

 

He visto en estos días la serie Intimidad y he de decir que me ha gustado. Creo que ha tocado el tema de la difusión de imágenes y videos sin el consentimiento de ambas partes de manera correcta.

Ha expuesto el problema, desde el punto de vista de una persona «normal» y alguien que se encuentra en la escena pública. Trata los dos casos tristemente famosos sobre este tema en nuestro país: el caso de Olvido Hormigos en 2012 y el de Verónica Rubio en 2019.

Olvido Hormigos, de quien se difundió un video con contenido privado, era concejala en el ayuntamiento de Los Yébenes. Su caso fue muy mediático. Quedó impune el hecho, porque el Juzgado nº 1 de Orgaz, no apreció delito contra su intimidad y archivó las acciones que se abrieron contra los dos imputados. Aún así, su caso supuso un cambio en el Código Penal. Se incluyó como delito la difusión no autorizada de imágenes o grabaciones íntimas. Es decir, la mera divulgación de la imágenes constituiría delito, se hubiesen obtenido o no con el consentimiento de la víctima.

Verónica Rubio en cambio, decidió acabar con su vida, no soportó la presión y acoso al que se vio sometida. Se difundió un video con imágenes íntimas por y entre sus compañeros de trabajo. A pesar de los hechos, la Inspección de Trabajo dijo que la difusión del video no influyó en su suicidio, y que la «única preocupación» de Verónica era que le concedieran el cambio de turno para encargarse del cuidado de sus hijos. Cambio que le fue concedido un día antes, pero ella aún así se suicidó… a lo peor ese no era su principal problema. La justicia también la dejó sola, porque dijo que no había denunciado. El Juzgado número 5 de Alcalá de Henares, a pesar del cambio legislativo de la «claúsula Hormigos», sobreseyó la investigación penal porque no se pudo dictaminar quién empezó a difundir las imágenes. SOLA!!! Las diferentes administraciones la dejaron sola.

En la serie están los dos casos reflejados. Se abordan las emociones de las mujeres que ven su intimidad violada de esta manera, de cómo se ven afectados los entornos, del tratamiento de los medios, de la sociedad y su hipocresía… A mí me ha gustado. Se le ha criticado ser demasiado blandita y (atención spoiler) acabar «bien».

En las series/películas habitualmente no se nos trata demasiado bien. Lo normal es que se nos vea débiles, frágiles, muertas, asesinadas, destrozadas, acabadas, pero luego al final rescatadas por un señor. Leer más

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Cristina Peri Rossi «La insumisa»

Confieso que no había escuchado hablar de Cristina Peri Rossi antes de leer un tweet de Laura Freixas (bendito Twitter) recomendando leerla y empezar por La insumisa y le hice caso. Qué sorpresa!

Cristina Peri Rossi nace en Montevideo, el 12 de noviembre de 1941. Escritora, traductora y activista política uruguaya. En 2021 fue galardonada con el Premio Miguel de Cervantes.
Escritora comprometida, sus obras giran en torno a la libertad del individuo frente a la opresión del poder, el feminismo, el amor y la sexualidad.

Su adhesión a la coalición izquierdista Frente Amplio como miembro independiente, junto con su participación en la revista liberal Marcha, cerrada por los militares en 1970 y en el diario comunista El Popular pusieron en peligro su vida. A los treinta y un años, se tuvo que exiliar.

Se exilió en Barcelona, pero, acosada también por el franquismo y al habérsele retirado el pasaporte uruguayo, se refugió unos años en Francia. Decide regresar a Barcelona donde empieza a elaborar su obra literaria hasta el día de hoy. Leer más

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La felicidad es una manera de resistir

 

Ayer una amiga compartió conmigo un vídeo de una participación tuya en una charla, tertulia… no sé. Decías que de pequeña una vez en el cole te habían escogido para hacer de rey Baltasar y no de angelito, que con el color de piel que tenías no había muchas más opciones. A pesar de mi penita, me sacaste unas risas. Acto seguido dijiste que te daba igual, que cuando llegabas a casa vivías aventuras en islas, en la Luna, en civilizaciones perdidas o bajando al centro de la Tierra. Tenías superpoderes.

 

Me has contado tantas cosas, que me vas a permitir que te cuente alguna mía. Yo también tenía superpoderes. Yo era como tú. He escalado montañas, paseado por ciudades que aún no he visitado, buceado en profundos mares, viajado hacia atrás en el tiempo, luchado en batallas en las que me tocó perder, me he enamorado mil y una veces… sobre todo de nuestro Pepe el Rubio. Siempre pegada a un libro, de hecho, soy la única miope de mi familia, leyendo hasta las tantas con la lamparita bajo la manta para que no me riñeran. Despertándome la primera para seguir, porque el sueño me había vencido y no podía parar.

En mi casa, me parece que me pasó como a ti. Mi madre leía y se compraban libros, pero a veces la elección no fue la que yo hubiera hecho. Me leí los clásicos que había en casa. Dickens, Allan Poe, Dostoievski, Tolstoi… No estaba Don Benito, por allí, sino también hubiera sido presa de su literatura. Luego, con el bibliobus que llegaba a casa de mi abuela en Málaga, descubrí a Enid Blyton. Fíjate cómo sería la cosa, que con trece o catorce años en un día de reyes me regalaron «Cien años de soledad», al principio deseé el oso de peluche gigante de mi hermana, pero nunca podré agradecer más aquel principio:

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel
Aureliano Buendía había d recordar aquella tarde remota en que su padre lo
llevó a conocer el hielo…

Qué hubiera sido de mí sin los libros! Mi casa nunca fue un remanso de paz. Sin los libros, sin esa habitación que estaba fuera de ese espacio, no hubiera podido vivir.

En primero de BUP necesité una academia de lengua y conocí a José María, mi profesor allí. Me empezó a traer libros de los que yo no había escuchado hablar, ni luego vi en ningún libro de literatura. Nada de Carmen Laforet. Descubrí a Mercedes Salisachs, Ana Mª Matute, Carmen Martín-Gaite… Los libros los compraban a través de Círculo de Lectores y desde ese momento, en casa, empecé a elegirlos yo.

La primera novela tuya que leí fue Malena es un nombre de tango. Me la bebí. No quise ver la película, porque no quería contaminar la historia con otras imágenes que no fueran las mías. Malena era yo, no podía ser de otra manera.

Leí todo lo que fue cayendo en mis manos que estuviera escrito por ti. El corazón helado brutal. Atlas de geografía humana, maravilloso. Modelos de mujerLeer más

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La ley de dependencia nos prefiere muertos

 

Me llamo Carmen y tengo cincuenta y tres años. Trabajo desde los veinticuatro. Cuando llegue a sesenta y cinco, edad de jubilarse, al menos por ahora para mí, llevaré ya cuarenta y un años trabajados. Algunos «visionarios» hablan sin pudor, de «cambio cultural» y dicen que podemos trabajar hasta los setenta y cinco.

En esta pandemia, por otros motivos de salud, he visto irse a mi padre, a la edad de ochenta y cinco años. Un año después hemos despedido a nuestra madre con setenta y siete años. Aquí quería llegar yo.

Cualquiera debiera pensar que en el estado del bienestar en que vivimos, mis padres habrán tenido apoyo del mismo, en sus últimos años, tras una vida de duro trabajo.

Mi padre empezó de picapedrero, siendo un niño con cuerpo grande y piernas largas, en la carretera que llevaba a su pueblo de Granada. Terminó su vida laboral limpiando por las noches, de lunes a sábado y de 22:00 a 5:00 de la madrugada, ese centro comercial que marca las estaciones en el calendario.

Mi madre fue ama de casa hasta que fuimos mayores, nos cuidó a mi hermana y a mí, mientras nuestro padre tenía dos y tres trabajos. Cuando se incorporó al mundo laboral lo hizo también en los cuidados. Dedicó treinta y cuatro años de su vida a trabajar por los desheredados de la Tierra. Las madres adolescentes fue su último proyecto.

En 2017 mi hermana y yo empezamos a ver el deterioro de ambos y decidimos que había solicitar la ayuda a la dependencia. Leer más

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Despedir a un hombre bueno

Ahora que la vida parece suspendida, me he dado cuenta de que era realmente yo la que estaba en letargo. La vida sigue abriéndose paso y a mis 52 años me he hecho mayor. Ya no soy la niña de nadie.

Hoy hace un mes que dejaste de respirar.

En medio de todas las ausencias que se producen estos días, yo me he despedido de ti. Sigo en proceso, más bien. No sé qué se le dice a un padre para dejarlo marchar. No sé cómo hacerlo.

Estos días te he escrito muchas cartas de despedida en mi cabeza. He charlado contigo y me he sentido sola, muy sola, al no obtener respuesta.

He buceado en mi infancia buscándote. Han aparecido recuerdos tiernos, dulces y graciosos. Otros dolorosos. Enfados y momentos tristes. La vida.

Mientras iba creciendo, siendo adulta, teniendo hijos yo también, a la par, tú envejecías a mi lado. Es extraño, en mi cabeza conviven imágenes de ti grande y fuerte, con las de ahora: mayor, frágil, débil, a veces enfermo. Tus nietos, mis hijos, empezaban a ser más altos que tú. Hasta que ha llegado el día en que tu cuerpo ya no ha podido más. Cansado de respirar y de seguir bombeando sangre para poner tus largas piernas en movimiento. Movimiento que cada vez era más lento y pausado.

Lo de hacerse mayor era esto? Crecer es despedirse? Leer más

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Cómo se mata a un muerto

Son tiempos difíciles. Los virus campan a sus anchas por este mundo globalizado. Estamos en casa, sin poder salir. Pero eso nunca fue un problema para viajar. Nos quedan los libros. Yo he terminado uno que empecé antes del exilio. Un libro triste, un libro hermoso.

El final de Los girasoles ciegos de Alberto Méndez llegó en penumbra, en la puerta de mi casa, vivo en el campo, mientras aullaban perros a lo lejos.

Es el relato de 4 derrotas, a cuál más triste y devastadora. Dignas derrotas que merecen ser leídas, por justicia a todxs las/los invisibles. Por Carlos Alegría, por Ricardo y Elena, por todos los Lorenzos que han crecido solos y hechos de retales, por los Rafaeles muertos, por lxs niñxs nacidos sin nombre, por los Juanes que esperaron para nada, por los idiomas inventados para sobrevivir… Porque es de justicia. Leer más

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Llamando a Manuel Jabois

Malaherba fue amor a primera vista. Tenía tres libros junto a mi cama. Pero esa portada, escrito por Manuel Jabois… sabía que no me iba decepcionar.

Manuel leí en tu instagram que Holden Caulfield decía

que se debería acabar un libro y llamar al autor para hablar con él.

Como no tengo tu teléfono te voy a escribir esto.

Me has dejado revuelta. Un lío de emociones en las tripas. He visto mi infancia en la de Tambu. Un relato precioso sobre lo que es crecer y lo difícil que es. Sobre tener buena suerte o no, las cartas que nos tocan.

Qué difícil es crecer. La infancia debiera ser un espacio en el que sentirse a salvo. Soy muy consciente de ello ahora y lo intento cada día para con mi hija y mi hijo. Leer más