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La felicidad es una manera de resistir

 

Ayer una amiga compartió conmigo un vídeo de una participación tuya en una charla, tertulia… no sé. Decías que de pequeña una vez en el cole te habían escogido para hacer de rey Baltasar y no de angelito, que con el color de piel que tenías no había muchas más opciones. A pesar de mi penita, me sacaste unas risas. Acto seguido dijiste que te daba igual, que cuando llegabas a casa vivías aventuras en islas, en la Luna, en civilizaciones perdidas o bajando al centro de la Tierra. Tenías superpoderes.

 

Me has contado tantas cosas, que me vas a permitir que te cuente alguna mía. Yo también tenía superpoderes. Yo era como tú. He escalado montañas, paseado por ciudades que aún no he visitado, buceado en profundos mares, viajado hacia atrás en el tiempo, luchado en batallas en las que me tocó perder, me he enamorado mil y una veces… sobre todo de nuestro Pepe el Rubio. Siempre pegada a un libro, de hecho, soy la única miope de mi familia, leyendo hasta las tantas con la lamparita bajo la manta para que no me riñeran. Despertándome la primera para seguir, porque el sueño me había vencido y no podía parar.

En mi casa, me parece que me pasó como a ti. Mi madre leía y se compraban libros, pero a veces la elección no fue la que yo hubiera hecho. Me leí los clásicos que había en casa. Dickens, Allan Poe, Dostoievski, Tolstoi… No estaba Don Benito, por allí, sino también hubiera sido presa de su literatura. Luego, con el bibliobus que llegaba a casa de mi abuela en Málaga, descubrí a Enid Blyton. Fíjate cómo sería la cosa, que con trece o catorce años en un día de reyes me regalaron «Cien años de soledad», al principio deseé el oso de peluche gigante de mi hermana, pero nunca podré agradecer más aquel principio:

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel
Aureliano Buendía había d recordar aquella tarde remota en que su padre lo
llevó a conocer el hielo…

Qué hubiera sido de mí sin los libros! Mi casa nunca fue un remanso de paz. Sin los libros, sin esa habitación que estaba fuera de ese espacio, no hubiera podido vivir.

En primero de BUP necesité una academia de lengua y conocí a José María, mi profesor allí. Me empezó a traer libros de los que yo no había escuchado hablar, ni luego vi en ningún libro de literatura. Nada de Carmen Laforet. Descubrí a Mercedes Salisachs, Ana Mª Matute, Carmen Martín-Gaite… Los libros los compraban a través de Círculo de Lectores y desde ese momento, en casa, empecé a elegirlos yo.

La primera novela tuya que leí fue Malena es un nombre de tango. Me la bebí. No quise ver la película, porque no quería contaminar la historia con otras imágenes que no fueran las mías. Malena era yo, no podía ser de otra manera.

Leí todo lo que fue cayendo en mis manos que estuviera escrito por ti. El corazón helado brutal. Atlas de geografía humana, maravilloso. Modelos de mujerLeer más

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Idgie Threadgoode vive en Villa Kunterbund

Las pasadas navidades dejaron las reinas magas uno de los mejores regalos posibles para mi hijo, Pippi Calzaslargas, Pippi Långstrump «sin traducir», una preciosa edición de Blackie Books. También ha sido un regalo para mi, porque lo hemos disfrutado juntos.

Un placer leerlo, descubrirla para Lucas, redescubrirla para mi, que solo la conocía de verla en la tele. Cuántas risas, mucha ternura… A día de hoy seguimos diciendo que echamos de menos a Pippi.

Este último finde ha vuelto a mi también  Idgie Threadgoode con sus «Tomates verdes fritos en el café de Wisttle Stop». Mi hija quería leerselo, pero no hemos aguantado sin ver la película. Este sábado por la tarde nos enamoramos de Idgie y alzamos la voz al grito de la guerrera amazona Towanda como Kathy Bates. Al terminar la película me di cuenta de que en Idgie estaba Pippi. Traviesa y juguetona, rebelde, rompiendo moldes y estereotipos. Leer más