David Uclés: «¿Qué nos va a llover esta vez?»

Hoy día ya no se dan esos lugares donde descansar la vista; en cambio, miramos cajas de rayos catódicos, que no se desgastan. Como resultado, morimos y mueren con nosotros los recuerdos, sin dejar mella alguna en el mundo que queda.

Hola David, quería contarte que ayer terminé La península de las casas vacías. Un libro muy bien escrito, con un vocabulario riquísimo, una historia muy bien armada, con una narración fluída, pero quiero decirte es que estoy muy triste. Es un libro que precisa un duelo, no puedo dejar esta historia de la noche a la mañana y abandonar a unos personajes que están huérfanos. Es un problema que tengo, me cuesta devolver a la estantería el libro que me ha estado acompañando tardes y noches, y cuando la historia es tan intensa me duele cerrar el libro.

A la hora de leerlo he ido atravesando diferentes estados. Como son capítulos muy cortos, la lectura es ágil y vuelas. Me vi avanzando veloz y cuando iba por la página 200, más o menos, empecé a desconectar. Me parecía demasido rápido todo, personajes uno tras otro, sin posibilidad de sentir afecto por ninguno en concreto. Se sucedían hechos, llegaban datos. Empecé a pensar que a lo mejor tenía tantas expectativas en el libro, que tenía muchas ganas de leerlo y quizás no conectaba yo con la historia. Barajé la posibilidad de abandonar. No lo hice.

Lo entendí después. La idea era poner el contexto y crear el clima de incertidumbre ante lo que se avecinaba (las acelgas). Y lo lograste. De repente todo empezó a encajar. Los personajes centrales iban ocupando su lugar en la historia. Se armaba una arquitectura que daba forma a La Península, al tiempo que la atravesaba.

Y me he quedado para acompañar hasta el final a Odisto, José, Pablo (Pablito, Paulo), Mariangeles…

Aviso spoiler, aunque tú ya lo haces en el prólogo

Aquella noche murió la última persona que podría haber dejado en herencia el apellido de Odisto […] cuya familia pasó de contar con una cuarentena de miembros en 1936 a desaparecer apenas tres años después.

He llevado mal tanta muerte y destrucción. Me vas a perdonar que te comente algunas de ellas. En concreto me endafé terriblemente cuando muere José. Sé que lo que pretendías era hablar de la guerra fratricida, la guerra entre hermanos, pero me hizo daño leerlo y verlo. Y sentí pena por Pablo, casi forzaste la escena para que lo hiciera, guiaste su mano.

Hace falta que todo un pueblo rece por lo mismo para que Dios intervenga; de lo contrario, deja al pueblo a expensas de sus propias decisiones. Iberia estaba sola en una guerra entre hermanos.

Me dio mucha pena la forma de morir de Martina, a manos de otros niños y además condenarla a vagar por su casa sin ser vista por nadie, bueno salvo Josito, pero esa es otra historia. Cómo acabaron con Eva, ese ensañamiento era innecesario. Y lo de las trece rosas, no te lo puedo perdonar. Esa licencia me pareció cruel. No hubo dignidad en el final que les tocó vivir en tu relato, y además, sabiendo que no iba a servir para nada.

Como bien dices:

Me atreveria a decir que las mujeres, en la guerra, sufrieron más que los hombres

Y así es, e imagino que es lo que querías mostrarnos.

Es verdad que la guerra banaliza la muerte, como dices en el enterramiento de María. Se dan los muertos por cifras, números. Y detrás hay nombres, vidas segadas y eso se nos olvida. Así nos alienamos, nos separamos del hecho y ya no duele al oído o a la vista. De alguna manera, es lo que has hecho al hablar de María del Rosario y el último almuerzo que prepara a su hijo, de Eulalio cayendo al suelo de la plaza de toros de Badajoz mirando al cielo sobrepasado por el dolor, de Eudosia aderezando el pan para calmar el hambre, de Sancia y Silvestra que se arrejuntaron para sacar adelante a los hijos de ambas como una sola familia, de Martiño que iba a ser fusilado por homosexual, de Humilde con su pañuelo rojo bordado, de Nekane besando a su hijo por última vez…

Hablas de los hunos y los hotros, en los dos bandos sucedieron cosas y se causó dolor. Pero no guardas distancia.

– Sí. Me duele pasar de un lado al otro; me aterra tener que elegir un bando.

– Pero siente que ha de hacerlo, ¿no es así?

Dejas claro que la muerte siguió hasta acabar con el color rojo y que todo era silencio, salvo cuchicheos delatores, que los homenajes sólo cayeron de un lado y que nadie recuperó al otro bando, nadie ha dado su lugar a la otra parte de los caídos. Lo narrado en el libro, más allá de las licencias literarias, es real y está muy presente en el mundo que hoy habitamos.

La historia reciente de España: esa gran desconocida, lo mencionas varias veces en la novela. Llegas a decir que se resume en dos páginas en los libros de texto. Pues sí, tienes toda la razón. Mis hijos y yo hemos visto lo mismo y nos separan treinta años.

Pero ahora, además, no hay pudor en mostrar las ideas más retrógradas: lo bien que se vivía con Franco, que instauró la Seguridad Social, las vacaciones pagadas, las VPO, la red de pantanos… Son medidas de la República, incluso anteriores algunas de ellas. Pero se apuntaron esos logros y han conseguido que algunas personas compren ese relato, incluso hoy día hay gente, alguna demasiado joven, que lo creen a pies juntillas.

Lo que sí está claro es que el dictador amasó una fortuna (a pesar de que se vendía su imagen de austeridad) y nosotras las mujeres dejamos de existir como ciudadanas, perdimos derechos. Y ahora vemos por redes a chicas fantaseando con quedarse en casa y cuidar de su maridito haciendo pasteles y teniendo todo como los chorros del oro. Y ojo con lo que se viene desde Estados Unidos. Que tenemos a bien importar todas las modas, las buenas y las no tan buenas.

Y te pregunto, ¿qué podemos hacer frente a esta ola reaccionaria? ¿Por qué no se quiere ver que cualquier tiempo pasado no fue mejor? ¿A dónde vamos por esta senda de intolerancia y negación?

No me quiero marchar sin darte las gracias por esta obra necesaria, por hacer un recorrido de esta guerra que fracturó literalmente el país y que tú has contado con la voz de los de abajo.

Gracias por las citas que has ido intercalando, todas para tatuárselas en alguna parte del cuerpo.

La guerra no me gusta, pero lo que más me indigna de ella es la actitud de los que se cruzan de brazos (Simone Weil)

Y no me puedo olvidar de la banda sonora que acompaña algunos de los pasajes más sobrecogedores, como los capítulos «Los rostros iluminados de Málaga» (Sacred love de Ioannovich),  «La arena y la cal» (Miserere mei, Deus de Allegri), «El agrietamiento»(aterrador el Réquiem de Ligeti). O el soplo de aire fresco para los personajes, en la mitad del libro aproximadamente, con el Andante festivo de Sibelius en «El candil al cielo».

En fin, me voy, me alejo del espíritu con el que he amanecido esta mañana.

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