Carta a Paula

Con emoción esperaba “Roedores/cuerpo de embarazada sin embrión” de Paula Bonet. No lo abrí hasta no estar sola. Fue una liturgia para mí.

Era de noche, mis hijos dormían. Me senté a la mesa, lo desenvolví con cuidado y comencé a leer. Primero el cuento. Luego el diario.

Cuando llegó Jose me encontró llorando silenciosamente con el diario en la mesa, apretando las palmas de mis manos sobre sus tapas.

Me removiste todo Paula. Carmen tiene ya 15 años y Lucas 11, pero me acordé de cuánto me ha dolido llegar hasta aquí.

Cuando nos enteramos Jose y yo que estaba embarazada fue un momento muy feliz. De mucha emoción. Empecé, como tú, a hacer un diario para mi hija o hijo. No quisimos saber su sexo, nos daba igual, apostamos por la sorpresa. Mi diario era escrito, igual que tú dibujar yo necesito escribir.

En él volqué mis temores, mis anhelos, mi felicidad, mis dudas… todo mi amor. Tuve una amenaza de aborto. Aún recuerdo el miedo que sentí cuando me levanté de la cama y me encontré con las bragas manchadas de sangre. Desperté a mi chico con mucho cuidado, no quería que se asustara como yo. Cuando ya se despertó, empecé a llorar. Me abrazó grande, mientras me decía que todo iría bien. Estuve de reposo absoluto escuchando a mi madre decirme, además de a otras personas, que como me había ido de viaje y había estado haciendo rutas por la montaña, pues eso.

Una noche la soñé, vi su cara y su sonrisa; vi a una niña y supe que todo iba a ir bien. Tuve un embarazo muy feliz. Me sentía grande, fuerte y poderosa.

En el paritorio coincidí con una mujer embarazada de más de 7 meses y que llevaba a su bebé muerto en el vientre, no imagino mayor dolor. Sentí pena por ella, sentí miedo por mí. Todo iba a ir bien. Todo iba a ir bien. Así fue.

Cuando mi hija tenía poco más de un año, nos pusimos a buscar un hermanito, porque Carmen quería tener un hermano, un niño con el pelo corto. No había otra opción posible para ella.

Me quedé embarazada en verano, mi ginecóloga nos dio la feliz noticia. Corrimos a decirlo a toda la familia, sobre todo a nuestra hija. La felicidad duró poco. Muy poco. Se fue sin hacer ruido. Algo habría hecho mal, es que ya era mayor, es que tengo que resguardarme… no cesaban esos comentarios en mi entorno. Yo tenía la culpa. Esta vez mi hija no fue muy consciente de lo que estaba pasando.

Y digo esta vez porque hubo otro intento de vida que no llegó a su fin. No fue igual.

No dijimos nada a la familia, hasta estar seguros de que iba todo bien. Pero de nuevo la felicidad duró muy poco.

Dolores fuertes en el vientre me llevaron a urgencias. No latía el corazón. Estaba muerto. Me vi en el paritorio, en el mismo sitio en el que había traído a mi hija a este mundo, rodeada de otras mujeres que estaban pasando por lo mismo que yo.

No recuerdo nada hasta que desperté de la anestesia. No paraba de llorar, tenía frío y una pena infinita. Me faltaba un pedacito de mi. Lloré mucho. Me obsesionaba la idea de pensar que había llevado un ser muerto, sin latido dentro de mi. La tristeza empezó a ocupar ese hueco.

La tarde que regresé a casa estaba regular. Le explicamos a Carmen que yo estaba triste y necesitaba descansar. Que íbamos a tener un hermanito pero que no había salido bien y que ya no estaba en mi barriga. Aún siento el abrazo de mi hija. Nos recuerdo a las dos sobre mi cama. Me dijo que no pasaba nada, que el hermanito se había ido a comprar zapatos, que ya vendría otro día. Se apoyó en mi barriga, la abrazó y se quedó dormida. Me reconfortó su abrazo y su calor, pero me dejó rota su madurez, su aceptación. Yo no podía aceptarlo, no quería.

Precisé algo de ayuda. Hice una sesión de PNL (programación neuro linguística). Repasamos el médico y yo ese día. La habitación, las sensaciones, cómo estaba todo dispuesto, quién había allí, quién más. Y lo vi, solo tras el biombo, a Jose, estaba allí conmigo, compartiendo mi dolor. Y de repente ese dolor se fue. En ese instante lo supe, no estaba sola. Estábamos juntos en esto y ya no sentí frío, ya no sentí tanta pena.

Cuando me quedé embarazada de Lucas. Ese miedo que estaba ahí dormido, se hizo real y tenía un nombre: distrofia muscular miotónica de Steiner.

Supe entonces que en mi familia había una enfermedad genética y que las mujeres la portábamos y que los hombres la desarrollaban. Y yo tenía un hijo dentro. Y miraba a mi hija con terror a ver rastro de la enfermedad en ella.

Lloré muchísimo. Este niño va a pensar que no lo quiero, no dejaba de rondar este pensamiento en mi cabeza.

Empecé un diario miedoso para él. Soñé con él y lo vi entre mis brazos arropado con retales de otros, toda una metáfora.

Lucas está hoy aquí conmigo y como decía su hermana: “Mamá no entiendo por qué la gente no se para por la calle a mirar a mi hermano, con lo bonito que es”.

Estoy muy contenta con mis hijos, los adoro, no los cambio por nada, ni por nadie, pero quizás ahora, con lo que ya sé, no me habría obsesionado. Hay otras maneras. El acogimiento, la adopción; hay muchas niñas y niños solos en el mundo… no sé.

Paula, no me quiero despedir sin agradecerte la valentía de contarlo, de saber contarlo. Las mujeres no hablamos estas cosas. El pudor a hablar de lo privado, la idea de “no molestar”, está demasiado arraigada, es muy fuerte. Esto que te escribo no lo había contado así nunca, solo a las mujeres más cercanas a mí y a Jose, que es una de las nuestras.

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