Exijo el derecho a una muerte digna

Esta mañana al levantarme abracé a mi bello durmiente. Escuché a mi hija recién levantada moverse por su cuarto. Añoré a mi hijo que está de vacaciones con su primo. Fui al baño y vacié mi vejiga. Lavé mi cara. Despedí con un beso a mi chico y a nuestra hija que empezaban la mañana de lunes. Cerré la puerta. Empecé a hacer yoga. Hice meditación 10 benditos minutos. Me vestí rápido. Apagué todo. Cogí “dos perillas de san juan” del frigo. Me calcé las sandalias y salí “pies para qué os quiero” en dirección al trabajo.

Además de llegar 17 minutos tarde, he ido todo el camino con la cabeza en otra parte. Iba escuchando a IZAL que últimamente es mi BSO, pero no podía parar de pensar en el audio que había escuchado en la SER. Laura Rodríguez de 59 años, tiene ELA y exige su derecho a morir con dignidad. Esa voz me ha tocado el ánimo y me he sentido más consciente que nunca de TODOS y cada uno de mis movimientos.

Abrazar, besar, andar, sentarme, coger, mover todas y cada una de las partes de MI cuerpo a MI completa voluntad. Ser independiente, tener libertad de movimiento.

No voy a hablar de la ley, ni de posturas políticas. Solo voy a hablar de la mía.

Hace algo más de un mes la pareja de una amiga falleció tras un infarto cerebral que no superó y que se complicó hasta dejarlo enchufado a unas máquinas que lo sujetaban a esta vida sin que él diera muestra alguna de estar en ella, de sentir los besos y las lágrimas de quienes le rodeaban. Esto es vida? A qué precio sigue un ser humano enchufado a unos pulmones artificiales, a un corazón que late por él. En el caso de él estaba claro. Aún así, hubo miembros de la familia que no entendieron que no se le siguiera manteniendo aquí, entre los vivos.

En el caso de esta mujer que escuché en la radio, que sí mantiene la consciencia es doblemente doloroso, no solo para quienes le quieren que ven cómo se marchita un poco más cada día a la par que el entorno va adquiriendo obligaciones con respecto a su cuidado. Y digo doblemente porque ella es consciente y tiene que asumir que su cuerpo está dejando de ser suyo, al menos como lo era antes de la enfermedad.

Está dejando de ser suyo y sabe que no va poder controlarlo. En otros casos, desconozco si será su situación, esto va a acompañado de dolores terribles.

Quién tiene derecho a decidir cuánto ha de vivir una persona, qué es lo tolerable cuando se habla de dolor, dónde está el límite de la dignidad… Ningún gobierno ha querido hacer algo con el derecho a morir con dignidad. Por qué?

La cultura cristiana nos lo ha impedido. La vida es un “don divino”, otorgado eso sí por unos seres humanos, y como tal “don” una persona (mortal) no puede decidir cuándo poner fin a la misma.

El derecho a la propia vida es un derecho fundamental. Es inherente a la persona y a su vez irrenunciable. Una persona no puede decidir cuándo morir. Este derecho es un sinsentido, una contradicción en si mismo.

La vida es un “bien” precioso, y como tal preciado. Amo ver la sonrisa de mis hijos, no imagino dejar de abrazar, me encanta caminar sin rumbo fijo, me gusta nadar en el mar, tumbarme en un prado verde, hacerte el amor… Amo vivir. Pero no sé si me gustaría seguir adelante si no puedo hacer nada de todo eso. No sé si me gustaría verme reducida a una máquina o a una silla, siendo una carga para las personas que más me quieren, no sé si ellos querrían verme así también.

Dije que esto iba a ser un pronunciamiento personal, por ello todo el tiempo me he referido en términos de “No sé si a mi…”. En este ámbito tan personal, en el que se hace una injerencia tan grande, no cabe otra decisión que la personal, la propia. Nadie puede decidir cuándo debo morir y si debo conformarme con “mediovivir “.

El sistema en el que vivimos lleva todo la vida haciendo esté tipo de injerencias: con quién me puedo acostar, si quiero dejar ser ella para ser él, si no quiero definirme, si no quiero seguir adelante con mi embarazo… Esto supone una intromisión más.

Laura quiere que se le atenúe el sufrimiento mediante la sedación, quiere entrar en un coma profundo y desactivar todo aquello que le mantenga con vida. No quiere que se la reanime cuando sufra una parada cardiorrespiratoria. Esto solo se hará si los médicos lo consideran clínicamente justificado.

No entiendo una sociedad que se mete en la vida de las personas para no dejarlas vivir (léase en este caso morir) en libertad. Es una decisión encuadrada en su ámbito personal y privado. Como tal decisión personal se debe de procurar por el sistema público de salud que se haga en las condiciones más dignas posibles, escuchando a la persona y respetando sus deseos. Esto no obliga a nadie. Quien no quiera que se le ayude a morir, pues nada, pero respetemos la libertad de Laura Rodríguez y la de las personas que se encuentran en su situación. RESPETO

No imagino mayor dolor que como dice Izal en su canción “El baile”

..Y que no toquen mis manos de nuevo
Y que no muevan mis pies en el suelo…

Os recomiendo encarecidamente esta película, “La fiesta de despedida”. Un buen punto de partida para debatir sobre la eutanasia, quitando todo dramatismo, incluso con toques de humor. Todo un ejercicio de “compassion”, eso es la eutanasia.

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