Tenía muchas ganas de leer a Maggie O´Farrell, no paraban de llegarme comentarios sobre ella de amigas que son grandes lectoras. Confieso que primero vi la película, me sirvió para enamorarme de Jessica Buckley y el orden de los factores no alteró el producto. Pasados unos meses, en el club de lectura feminista en el que estoy, propuse leernos Hamnet y mis compañeras aceptaron.
Me ha gustado mucho su prosa lenta y preciosista, su manera de describir, de capturar emociones y crear imágenes con las palabras. A su vez sabe generar un ritmo que genera ansiedad, el hecho que va a pasar y que pausa para volver al pasado una y otra vez, para ir presentando los diferentes personajes y situarlos en ese día concreto en que se desencadenan los hechos.
Lo primero que sorprende al leer el libro es la ausencia total del famoso escritor, William Shakespeare. La autora no lo nombra. Cuando habla de él usa los términos: «su marido», «el hijo», «el preceptor de latín». Habla de lo que hace, de la posición social que ocupa. Haciéndolo, deja claro que no tiene importancia alguna para el transcurso de la historia, como suele suceder con los personajes femeninos en muchas novelas. (Por cierto, me encanta Bartholomew, el hemano de Agnes, preocupado por ese pijo con botas que no sabe hacer nada con las manos, ¿sabrá cuidar de su hermana?)
También pudiera parecer que el tema central del libro va a ser la tragedia que vive la familia con la pérdida del hijo, que llevó a Shakespeare a escribir su obra Hamlet, y tampoco, porque esto no sucederá hasta las últimas páginas del libro, no es el centro de la narración.
El centro es Agnes, sus hijos y las mujeres de la familia. Joan, la madrastra de Agnes, que no tiene nada, que nunca tuvo nada y que tras la muerte de su marido, sus hijos y ella dependen totalmente de Bartholomew para poder vivir. Mary, la suegra de Agnes, cuyo esposo es un personaje muy violento y sólo puede bajar la cabeza, o mirar a otro lado; también es una madre que ha sufrido la pérdida de un hijo, entiende el dolor de Agnes y la cuida. Las criadas de Mary, las hijas de Agnes, la madre muerta ausente, a la que ésta no para de recordar. Este es el círculo de mujeres que rodea Agnes.
Hamnet habla de maternidad y muerte, del destino de las mujeres en el siglo XVI. Hamnet es una reivindicación de lo cotidiano, del duro trabajo diario realizado por manos femeninas, de la vida familiar, del afecto, de las rutinas y de la belleza que habita en ellas. Son los personajes, principalemente mujeres, que viven en los márgenes, los que no salen en los cuadros los que cuentan esta historia. La sororidad toma forma en las vidas de estas mujeres.
Sean cuales sean las diferencias entre Agnes y Mary -y son muchas, desde luego, viviendo tan cerca, con tanto trabajo, tantos niños, tantas bocas, tanta comida que hacer y ropa que lavar y remendar, mientas lo hombres miran y asienten, sosiegan y guían-, desaparecen cuando hay trabajo. Aunque ambas se quejen y se piquen y tengan toda clase de roces; aunque diuscutan y se enfaden y suspiren; aunque tiren la comida de la otra a los cerdos porque está salada o poco triturada o demasiado fuerte; aunque miren con recelo lo que teje, cose o borda la otra, en momentos como este funcionan como las dos manos de una misma persona.
Agnes se nos presenta independiente, libre, andando sola por el campo, dominando el arte de la cetrería, con conocimientos en hierbas medicinales. En el pueblo se la trata de bruja, cierto temor y respeto la envuelven. Conoce al joven preceptor de latín, del que se enamora y ve su destino claro, decide quedarse embarazada.
Decidir es un término quizás demasido ambicioso. Ella sabe cuáles son sus opciones y las usa para poder huir, para escapar de su madrastra y acceder a su dote. Realmente lo que hace es ir de una casa a otra, pasar del control de una familia a otra.
A Agnes se le hace extraño que en el transcurso de un mes todo haya experimentado tantos cambios: dejar el campo por la villa, una granja por una casa, una madrastra por una suegra, una familia por otra. Está aprendiendo que en esta casa las cosas funcionan de una forma distinta […] Cree que su lugar, como nuera reciente, es ambiguo, entre el aprendiz y las gallinas.
Cuando llega a la nueva casa observa los ritmos, las formas de hacer y se hace con las riendas de la vida interna de la nueva familia, se empiezan a hacer las cosas a su manera, incluso gana su propio dinero con sus remedios y artes de curandera. Tiene su vida propia, hace lo que le gusta.
Maggie O´Farrell habla de atemporalidad, de cómo los sentimientos cuando se trae vida al mundo no cambian a lo largo de la historia. Ese instinto casi animal, esa emoción que envuelva a toda madre que toca por vez primera a su hija o a su hijo. Ese embelesamiento tan cercano al enamoramiento.
Agnes repite el sonido. Se sorprende a menudo de lo incapaz que es de apartar la mirada de su hija, de poner la vista en otra parte que no sea su cara. ¿Qué necesidad tiene de ver otras cosas cuando puede quedarse contemplando las orejas de Susanna, que parecen pliegues claros de rosas, la curva de ala de sus cejas diminutas, el pelo oscuro que se le paga a la coronilla como si se lo hubieran pintado a cincel? Para ella no hay nada más exquisito que la niña: no puede haber en el mundo nada más perfecto, en ninguna parte, nunca.
Pero también habla de que una madre puede dar vida y también presenciar su fin. La fragilidad de la vida, el dolor inmenso de la pérdida. La novela transita por las diferentes partes del duelo y de cómo afecta éste a la familia que sufre la pérdida.
Lo que se nos da se nos puede quitar en cualquier momento. La cruelda y la devastación nos aguardan a la vuelta de cualquier esquina, dentro de un arcón, detrás de una puerta: saltan sobre una en cualquier momento como un ladrón o un bandido. La cuestión es no bajar nunca la guardia. No creer nunca que se está a salvo. No dar nunca por hecho que el corazón de tus hijos late, que tus hijos beben leche, que respiran, que andan y hablan, sonríen, discuten y juegan. No olvidar ni un momento que pueden desaparecer, que te los pueden robar en un abrir y cerrar de ojos, que se los pueden robar como leves vilanos.
Maggie O´Farrell sabe usar las palabras precisas para generar en quien lee emoción, nunca emotividad. Es difícil no acabar derramando una lágrima, pero no es lo busacado por estas páginas. Leerá más cosas de esta autora irlandesa.









